Del amor y la lluvia

Este sabor de lágrimas

Gris y más gris. No estás, y yo estoy triste
de una tristeza apenas explicable
con palabras, y de una imperturbable 
soledad, que por ti nace y existe. 

Siempre de gris, mi corazón se viste: 
polvo y humo, ceniza abominable, 
y la envolvente bruma irrenunciable 
que estaba ayer. Y hoy. Y que persiste. 

Gris a mí alrededor. Contra mi mano 
la nube espesa se va abriendo en vano 
porque el fuego que soy, no está encendido 

y hay niebla en lo que miro y lo que toco. 
Ah, yo no sé... Tal vez te odio un poco 
porque está gris, y llueve, y no has venido.


Lluvia
Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...

Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.


Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.



Porque la tarde es gris y todos hablan...

Porque la tarde es gris y todos hablan
yo escucho dilatarse un gran silencio.
Las gentes van juntando más palabras:
yo no sé de sus voces ni sus ecos.

Los árboles se alejan lentamente
entre la tibia niebla del paseo
mientras las frases caen como gotas
y apenas van cambiando los acentos.

Porque la tarde se va haciendo noche
los murmullos son más, los ruidos menos
y los pájaros se hunden en la sombra:

aún los oigo cantar; ya no los veo.
Tanto sonido inútil, derramado,
si dos palabras bastan hoy: te quiero.


Yo digo: estoy cansada de la lluvia...

Yo digo: estoy cansada de la lluvia,
de la neblina, de la bruma incierta.
Quiero volver al sol y estar contigo
simplemente, en la arena.
Comienzo a odiar el gris, me estorba el humo
y sé que la ceniza es harapienta.
Quiero mares de añil, y no estos ríos
hechos como de lodo y de miseria.
cansada de llevar el duelo
de todas las penumbras, y las nieblas;
quiero un cielo con nubes en retazos
y una noche de estrellas.
Ah, no sentir temor de ser la llama:
no, ni de arder, ni de quemarse en ella.
Toda la vida fue un interrogante
sin eco ni respuesta,
todas las horas fueron lejanías:
hoy quiero ser por fin, una presencia.


Contigo

Llueve, y la misma lluvia que te trajo
Vuelve a llevarte a su región de bruma:
Fuiste apenas un huésped que se esfuma
Entre el recuerdo infiel que ya amortajo.

El agua va corriendo río abajo
Y se lleva, estrujados en su espuma,
Troncos, moradas cuerpos, vida: suma
De todo el padecer que me sustrajo.

Yo no quiero olvidar tu voz que he amado,
Tu sonrisa y tu abrazo desgarrado,
Pero huyo de ti, antes del llanto

Y en el recodo de cualquier ternura
Te digo adiós, pasión sin aventura.

Bajo otra lluvia crecerá mi canto.


Julia Prilutsky Farny 

Reseña biográfica
Nació en Kiev, Ucrania, en 1912 y  adoptó la ciudadanía argentina desde temprana edad.
Cursó estudios de derecho en la Universidad de Buenos Aires y música en el Conservatorio Nacional.
Publicó su primer libro de poesía a la edad de dieciocho años y pronto se convirtió en portavoz de la 
generación poética de los años cuarenta.
Entre sus libros más reconocidos figuran «Antología del amor», «Sonetos» y «Sólo estará la rosa».

Falleció en Buenos Aires, Argentina el 8 de marzo de 2002.





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